El día a día en un paritorio español contado desde dentro. Acompaña a siete mujeres durante el embarazo mientras te muestran todo lo que debes saber sobre este y el parto.

Descubre a los personajes y saborea fragmentos de esta trepidante novela.

Hospital Materno-Infantil:

Urgencias obstétricas: 11:40h

—Marta, aquí hay una señora que dice que se quiere ir a casa— dice la enfermera de urgencias

asomándose por la puerta de la salita.

— ¿Y cuál es el problema? —responde la matrona.

—Que ha roto la bolsa. ¿Puedes hablar tú con ella?

—Sí, yo hablo con ella; pero si se quiere ir a casa, no sé qué problema hay.

— ¿Se pueden ir a casa con la bolsa rota? — pregunta incrédula la enfermera.

—Se pueden ir a casa con un bebé naciendo, si quieren. Esto es un hospital: un sitio al que la gente elige venir y del que la gente se puede marchar cuando quiera. Nosotros explicamos, damos la información y las “pacientes”, que no son pacientes, que están sanas, deciden lo que quieren hacer.

Marta sonríe ante la expresión de la enfermera y le dice —Da igual, no te preocupes que ahora voy a hablar con ella.

 

—Hola, soy Marta, soy comadrona. Me han contado que has roto la bolsa y que te quieres ir a tu casa.

—Sí. Quiero evitar a toda costa otra inducción.

—Muy bien, lo entiendo perfectamente.

Cristina mira a Marta sorprendida y le dice — ¿…Pero…?

—Pero nada— contesta Marta. —Te voy a dar unas recomendaciones de qué hacer y qué no hacer y cuando venirte para acá.

— ¿No me vas a decir que es peligrosísimo, que mi hija se va a morir si me voy, que estoy loca y que soy una irresponsable?

Marta sonríe y contesta — ¡Caramba! Sí que vienes preparada. Así da gusto. A mi hermana le pasó lo que a ti y se quedó dos días en casa antes de venirse para acá cuando ya estaba de parto— le dice a la vez que le guiña un ojo.

— ¿Y no la machacaron en el parto? —le pregunta Cristina incrédula.

—Pues la acompañé yo, y como venía conmigo y estaba de parto, ni se enteraron. De todos modos, tampoco se lo dijimos a nadie. Nos ahorramos esa información.

— ¿Puedo contratarte para que me acompañes a mí?

—No, pero yo estoy aquí hoy, mañana y pasado. Así que, seguramente, coincidiremos. Hay un pequeño problemilla y es que te tiene que ver un ginecólogo antes de irte.

— ¿Otra vez? ¿Y me va a sacar la carta del niño muerto?

— ¿El qué?

—Lo de que se me va a morir la niña, si me voy a casa.

—Es posible, pero ahí tienes tú ventaja. Ya estás preparada para ello— sonríe Marta mientras se va a buscar al médico.

 

—Hola— dice Marta mientras entra en la consulta de urgencias, donde está Ángela, la residente de tercero de obstetricia.

—Hola. ¿…Dime? — contesta Ángela.

—Mira, que la chica que acabas de pasar con la bolsa rota se quiere ir a casa.

— ¿Que se quiere ir a casa? Pues no puede.

—Hombre, Ángela, claro que puede. Puede hacer lo que le dé la gana.

—Pues ya he cursado el ingreso. Si se quiere ir, será bajo su responsabilidad y tendrá que firmar el alta voluntaria.

—Bueno, todo lo que hace cada individuo es bajo su responsabilidad. Si se queda aquí también es bajo su responsabilidad. ¿O es que si le pasa algo te vas a responsabilizar tú?

—No. Bueno, pues yo no pienso darle el alta. Si quiere irse, que firme el alta voluntaria, que yo no se la doy.

—Se puede ir perfectamente a su casa con las recomendaciones de bolsa rota; aunque supongo que la habrás explorado.

—Pues claro. ¿Desde cuándo no exploramos a los ingresos?

—Pues desde que tienen la bolsa rota en ausencia de actividad uterina.

—Pero, ¿eso te lo estás inventando?

—Vamos a ver, Ángela; una mujer que rompe la bolsa, puede esperar 24-48h a ponerse de parto, siempre que no se introduzca nada en su vagina. Hay estudios que así  lo corroboran y lo sabes. Hacerle un tacto a una mujer que ha roto la bolsa y no tiene contracciones ¿qué información te da?

—Pues me da un Bishop, saber cómo está ese cuello…

—Pues no te da ninguna información. Es el cuello de una secundigesta que no está de parto. Nada más. Sin embargo, al empujar hacia el interior de la vagina todos los gérmenes que puede haber por ahí estás aumentando exponencialmente el riesgo de infección.

—Pero para justificar un ingreso o para mandar a alguien a casa tengo que explorar y saber cómo está ese cuello…

— ¿Ah sí? ¿Y por qué? Puedes hacerle un espéculo, ver si hay líquido y, si no ves el cuello, pues tampoco pasa nada. ¿A que nunca has explorado a una mujer que no tenía contracciones y te has encontrado un cuello dilatado, finito…  de parto, vamos?

—Pero podría pasar.

— ¿Ah sí? —la mira Marta incrédula.

—Pues una gran multípara, por ejemplo.

—Pero el cuello sería grueso y no fino. Creo que estás defendiendo lo indefendible, solo por tener razón. Vamos a dejarlo. Llévate los papeles del alta voluntaria y no la machaques, que está súper informada y lo tiene claro.

 

—A ver, me ha dicho la matrona que te quieres ir a casa— le dice Ángela, la residente, a Cristina.

—Sí.

— ¿Entiendes que puedes coger una infección, ahora que la bolsa está rota?

—Sí. También podía cogerla antes— contesta Cristina.

—Sí, pero antes, tu bebé estaba protegido. Ahora ya no, y la sepsis neonatal es muy grave. Tu bebé podría morir.

—Y si me quedo, ¿tú me garantizas al 100 % que mi bebé no va a morir?

—Bueno, ni yo ni nadie te podemos garantizar eso. En todo hay un riesgo.

—Efectivamente. Y el riesgo de que le pase algo a mi hija si me voy a casa, no es mucho mayor que si me quedo y me dejo inducir —contesta Cristina.

—Bueno, pues tienes que firmar el alta voluntaria porque ya hemos cursado tu ingreso.

— ¿Qué alternativas tengo a la inducción?

—Puedes esperar doce horas ingresada en planta.

—¿Me estás diciendo que si me voy a mi casa, mi hija corre un riesgo de tener una sepsis neonatal y morir y que como alternativa me puedo quedar ingresada en el edificio que más bacterias  tiene de toda la ciudad?

—En la planta te vigilamos a ti y a tu bebé y podemos detectar rápidamente si estás comenzando con un proceso infeccioso…

— ¿Ah sí? ¿Y eso cómo lo hacéis exactamente?

—Pues tomándote las constantes y haciéndote registros regulares.

— ¿Y con qué regularidad exactamente se hacen esos registros?

—Pues no sé, dos al día— contesta Ángela visiblemente incómoda.

—Pues no me lo creo— contesta Cristina. —En mi anterior embarazo, estuve dos días ingresada; también con la bolsa rota y no me hicisteis ni un solo registro en los dos días. Se suponía que me ibais a bajar a inducir a las doce horas y como teníais mucho jaleo, no me bajasteis hasta dos días después de romper la bolsa. Si no me pasó nada entonces, menos me va a pasar en mi casa; así que dime dónde tengo que firmar que me voy, que tengo otra hija de la que ocuparme.

—Muy bien, mientras firmes que tú eres la responsable de esta decisión, por mi perfecto —contesta Ángela dolida; y es que no le gusta que le rebatan sus ideas, y mucho menos una paciente. —Tengo que hablarlo con uno de los doctores adjuntos.

— ¿Y eso por qué? La verdad es que quiero irme ya —pregunta Cristina con fastidio.

—Yo no puedo tramitar un alta voluntaria.

—Pero si la voy a firmar yo, no tú.

—Bueno, las cosas se hacen como hay que hacerlas. Ahora vuelvo.

—Espera— le dice Cristina— Por favor, dile al doctor con el que vas a hablar, que ya has discutido todo lo que tenías que discutir conmigo y que aun así, me quiero ir, que no venga a darme otra charlita.

Ángela sale disparada a buscar al adjunto. Llega al despacho médico y allí están Carlos, el adjunto y Mercedes, R3, hablando. Ángela le explica a Carlos toda la situación y éste se levanta y va a urgencias a ver a Cristina, seguido de Ángela.

—Hola, soy el Doctor Ramos. Ya me ha contado la doctora lo que pasa. ¿Entiende usted que se va bajo su responsabilidad?

—Sí.

— ¿Y que si en estas horas en las que usted se va a casa les sucede algo a usted o a su hijo nosotros no nos hacemos responsables?

—Sí— contesta Cristina haciendo un chasquido con los labios. Empieza a estar realmente molesta ya.

—No puede mantener relaciones sexuales, ni bañarse. Tiene que tomarse la temperatura cada tres horas, incluso por la noche. Si le sube la fiebre, tiene que venirse inmediatamente.  Si no se pone de parto, mañana por la mañana tiene que ingresar para inducción.

—Muy bien, ¿dónde firmo?

—Aquí— contesta el Doctor Ramos; y se va, dejando a Cristina con Ángela y Marta.

Una vez que Cristina ha firmado los papeles,  Ángela desaparece tras la cortina y Marta se queda con ella.

— ¡Qué bien has estado! —le dice Marta con admiración. —Has sido muy valiente.

—Son tremendos, de verdad. Pero porque yo ya estaba de vuelta de todo, que si no, me la vuelven a colar. Es que me sentó tan mal lo que pasó con Laura hace dos años: Que me ingresaron en la planta y se olvidaron de mí, por completo. No me hicieron ni caso durante más de dos días y luego, te vienen con estas y se echan las manos a la cabeza porque te quieres ir a casa…

—Bueno, tú tranquila. Ahora vete con tu peque y mañana por la mañana, si no te has puesto de parto antes, nos vemos.

—Entre tú y yo, no pienso venir hasta que no esté de parto, aunque pasen cinco días.

—Bueno, no te precipites. Ve tomando las cosas como vayan viniendo. Tú tómate la temperatura un par de veces al día y si ves que te empiezas a encontrar mal, como si te estuvieses cogiendo un resfriado, te vienes para acá.

— ¿No me tomo la temperatura cada tres horas, ni me pongo el despertador cada tres horas por la noche? —sonríe Cristina.

Marta le sonríe y no dice nada más.

Antes de marcharse, Cristina le insiste a Marta —Por favor, me encantaría que me acompañases el parto tú, aunque no estés trabajando, yo te pago lo que cobres por un turno extra, o lo que me pidas; por favor, quiero que seas tú mi matrona, porfa, porfa, porfa

—Es que yo no puedo hacer eso, no nos dejan traer al hospital a nuestras clientas privadas.

—Pero si nadie se va a enterar. A partir de ahora, yo soy tu amiga a la que tú le vas a hacer un favor; como le hiciste a tu hermana, y que te va a estar muy agradecida después. Éste es mi número —dice entregándole una tarjeta— por favor, llámame cuando termines tu turno y hablamos más tranquilas. A mí me harías un gran favor y me quitarías un gran peso de encima. Llegar aquí y saber que mi matrona vas a ser tú me pone todo mucho más fácil.

—Bueno, esta noche te llamo —le sonríe Marta mientras se guarda la tarjeta en el bolsillo del pijama.

 

—¡Estás embarazada, Lorena! — dice su ginecólogo.

—No puede ser— dice completamente convencida.

—Pues aquí lo dice bien clarito. Contra todo pronóstico y con el minúsculo tejido ovárico que te dejamos, estás embarazada. Felicidades a la futura mamá, y créeme, que nunca pensé que te lo diría tan pronto y así de fácilmente, sin ningún tipo de estimulación; ¿cuándo dejaste de tomarte la píldora?

—No la dejé.

—No puede ser. Mira que tu caso es para publicar. ¿Me estás diciendo que te has quedado embarazada con la píldora y un tejido ovárico mínimo?

—Bueno, como me diste pocas posibilidades, no he tenido bastante control con la píldora, se me han olvidado algunas…

—Eso, tú con media docena de óvulos y arriesgándolos así. Perdona. Me alegro mucho por ti. Muchas felicidades. Estás contenta ¿no?

—Sí, claro, un poco en shock porque no me lo esperaba, pero sí —miente Lorena.

—Lorena, esta es probablemente tu única oportunidad de ser madre. Has tenido mucha suerte. Tienes que cuidarte mucho ahora, ¿eh? ¿Tendrás quién te cuide?

—Pues sí, no, digo yo, no sé…

—¿Tienes pareja, Lorena?

—Pues no, la verdad es que no.

-Pero ¿sabes quién es el padre?

—Sí, sí lo sé — contesta, visiblemente ofendida ante esa pregunta.

—Bueno, tú sabrás cómo y cuándo se lo dices, si se lo dices —contesta el médico contrariado al darse cuenta de lo inapropiada que ha sido su pregunta. — Te vas a hacer estos análisis y nos vemos en un mes, ¿de acuerdo?

—Muy bien, muchas gracias — dice mientras coge los papeles que le entrega el médico y se levanta.

Tras salir de la consulta del médico, Lorena va rápidamente a su casa. Necesita pensar y aclararse un poco. Se echa las manos a la barriga. —Embarazada — murmura. Se había hecho tanto a la idea de que nunca ocurriría, que ni siquiera sabía si estaba contenta o no con la noticia. —Estoy embarazada— volvió a decir.

“No se lo puedo decir. Si se lo digo, sé lo que va a pasar. Bueno. Tengo tiempo para decidir. De momento no puedo pensar mucho. Voy a dejar que pasen unos días y entonces ya lo veré todo más claro. ¡Qué locura! Nunca pensé que esto fuese tan difícil. Ni siquiera sé si quiero ser madre, joder, estos médicos son la hostia, te dicen que algo es prácticamente imposible que pase y cuando años después sucede, encima el tío te larga: ¡¡Qué bien, enhorabuena!! ¡Coño!, que si yo hubiese sabido que me podía quedar, pues a lo mejor hubiera tenido esa ilusión, pero ahora… ahora, no sé.

Lorena coge el teléfono y lo vuelve a dejar en la mesa. —No, si no puedo pensar yo sola, con Luci tampoco. Bueno sí, o no, ¿yo qué sé? —dice mientras le da a la tecla de llamada.

—Hola princesa —contestan al otro lado.

—Hola Luci, ¿te puedes acercar a casa?

—Estoy en el súper, ¿te viene bien en una hora? — contesta su amiga.

—Perfecto, compra algo y cenamos aquí.

—¿Qué te apetece?

—Me da igual, cualquier cosa que no pique demasiado, que después de las cenas contigo no hay quien duerma.

—Desagradecida. Pues un bocata de chóped que te llevo.

—¡Mmmhh! Me encanta el chóped.

—Hasta  luego.

—Ciao, ciao.

 

— ¡Ay, mi madre! Otra vez el ascensor estropeado, se pasa más tiempo roto que bien, hija ¿para esto pagas tú la comunidad? —se queja Lucía mientras entra por la puerta, cargada con las bolsas de la compra.

—Bueno, por lo menos yo tengo ascensor, que tú no tienes — le dice Lorena mientras besa a su amiga.

—Ya pero vivo en un primero y además yo no pago tanto como tú.

—Bueno, la próxima vez voy yo a tu casa, quejica.

—Pues mira, he traído unos huevos y unas patatas y te voy a hacer una tortilla como Dios manda — dice mientras deja las bolsas en la encimera de la cocina — ¿Tienes cebolla?, porque la tortilla tiene que ser con cebolla, que si no, no es lo mismo, ¿eh?

—Sí que tengo, toma, aunque yo soy más de la de sin cebolla, ¿eh? — dice Lorena.

—Anda, anda, anda, no digas tonterías. ¿Tienes queja de mi tortilla?

—Para nada chica, tu tortilla está buenísima, por lo que supongo que sin cebolla ya sería sensacional.

—Pero, ¿será posible? La tortilla con cebolla tiene mucho más sabor y está mucho más jugosa y tiene ese toque especial que le da la cebolla a las cosas que no se las da otro ingrediente.

—Venga, con cebolla, que te sale divina. —dice Lorena con condescendencia.

—No, ya me has cortado, ahora ya no se la pongo.

—Bueno, no vamos a empezar ahora a defender lo que una no quiere por hacer lo que dice la otra. Tú eres la maestra tortillera, con perdón, así que como tú dices y no hay más discusión.

—Gracias Lore, es que yo soy muy de cebolla.

—Y tanto, tú picas una cebolla, la echas a la sartén y mientras piensas qué hacer de comer.

— Ja, ja ,ja. ¡Qué exagerada! Ja,ja, ja — se ríe a carcajadas Lucía.

—Estoy embarazada.

—¿Qué? —pregunta Luci mientras se le borra la sonrisa de la cara.

—Que estoy embarazada.

—No, si te he oído, me ha salido sólo. Pero ¿estás segura? ¿No decías que era imposible que te preñaras?

—Pues sí, eso decía el médico y mira.

—Pues para milagritos estamos, ¿y sabes de quién es?

—Suyo, claro.

—¿Del Míster?

—Sí.

—Pero ¿segura?

—Que sí Luci, que segura. Es suyo, es con el único con quien no uso nada. Así lo acordamos desde el principio.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Lo sabe él?

— ¡Luci, por favor  Bastante chocada estoy yo como para que me hagas tantas preguntas, déjame hablar y ya te voy contando.

—Perdona, es que me has pillado por sorpresa, no me podía ni imaginar algo así.

—Pues imagínate yo, cuando me he enterado, te he llamado en cuanto lo he sabido, aún no sé ni qué pensar. Siempre me he hecho a la idea de que no iba a poder tener hijos propios, así que estoy completamente descolocada. Y si fuese una mujer normal, me habría ido a abortar directamente desde el médico, ni te habría llamado, fíjate. Pero de repente resulta que estoy embarazada y esta es mi única oportunidad de ser madre y me hace plantearme muchas cosas, Lucía. Hay un bebé dentro de mí al que no sé si quiero, pero es que va a ser el único, ¿entiendes?

—Sí, mi niña, claro que lo entiendo. ¡Qué difícil! ¿Y de qué vas a vivir luego, cuando lo tengas?

—Tengo mis ahorritos.

—Ya pero este piso no se paga solo, y un niño son muchos gastos. No te puedes dejar ver preñada, en cuanto te empiece a crecer la panza tienes que desaparecer. No sé, Lore, no te quiero agobiar pero son muchas cosas que tienes que pensar.

—Ya lo sé. De momento hay tiempo, tengo que pensarlo y ver qué puedo hacer.

—¿Se lo vas a decir?

—Pues no. No creo, no, no puedo.

—A lo mejor puedes pedirle que te ayude.

—No sé, no creo. No voy a aparecer diciéndole que voy a tener un hijo suyo y que me dé dinero para mantenerlo.

—Pues poder, podrías; él va a hacer lo que tú le pidas, que su situación es muy delicada y la tuya también. Más le vale tenerte contenta, que le puedes destrozar la vida. Y más ahora que tienes pruebas y bien gordas sobre su infidelidad. Ni la guarra de la Lewinski esa.

—No me gusta nada que hables así de él. Siempre me ha tratado de maravilla, y a ti también cuando te ha pedido que nos acompañaras.

—Sí bueno, yo solo te digo que puedes tener ese hijo y dedicarte plenamente a él si se lo dices, porque os va a mantener aunque solo sea para que tengas la boca cerrada.

—No lo sé, Luci. Ya lo iré pensando, que no sé si quiero. No sé si quiero dejar esta vida y este trabajo. Me gusta lo que hago, se gana mucha pasta, se vive muy bien y me gusta el lujo que me proporciona todo esto. Los viajes, los regalos, las cenas, los hoteles… Tendría que dejarlo todo. No podría hacer esto con un niño ¿Y luego qué? Crecerá y se preguntará que por qué su madre no trabaja, de dónde saca el dinero, ¿y que le digo? ¿Que lo paga su papaíto rico a cambio de que no se sepa que es su hijo? No sé, estoy hecha un lío. Tengo que pensarlo muy bien. No quiero un hijo, no quiero un bebé, me rompe toda mi vida y me ha costado mucho ganármela. ¡Si yo ya me había hecho a la idea de que no los iba a tener! Y sin embargo, desde que me lo dijo el médico, me vienen imágenes a la cabeza de un bebé, de cuando esté aquí conmigo, como si ya supiese que lo voy a tener, como si hubiese algo dentro de mí que ya ha decidido y ahora sólo me quedara hacerme a la idea. Me alegro mucho de que hayas venido, eres mi mejor amiga y estoy muy contenta de tenerte.

—Yo también me alegro de que me hayas llamado y de estar aquí. Sabes que te voy a ayudar en todo lo que pueda y de momento te voy a preparar esa tortilla prometida, aunque sin cebolla, que es lo mínimo que puedo hacer por ti —dice mientras le da un abrazo.

—Gracias Luci—dice Lorena mientras le empiezan a correr las lágrimas por las mejillas.

Hospital Materno-infantil.

Paritorio 4. 9:00h.

—Hola Dolores, soy Celia, tu comadrona, ¿cómo estás?

—Bien, un poco asustada, pero bien.

—¿Cómo te llaman en casa?

—Loli —dice esbozando una sonrisa.

—Muy bien, Loli. Me han contado que quieres que hagamos todo lo posible para tener un parto poco intervenido.

—Sí, me gustaría, me he estado informando durante el embarazo y creo que es lo mejor para el bebé. He hecho un plan de parto y me gustaría que nos ciñésemos a él en la medida de lo posible.

—Muy bien, ahora le echo un vistazo y miramos cómo lo podemos conseguir. ¿Quieres contarme qué ha ido pasando hasta ahora o estás harta de contar lo mismo una y otra vez? Si quieres, con leerme tu historia me vale, de momento.

En ese momento Loli comienza a tener una contracción —¿Me puedo poner de pie? — pregunta.

—Claro que sí, aquí mandas tú —dice la matrona mientras la ayuda a levantarse— Yo solo estoy aquí para ayudarte a conseguir el parto que deseas.

Loli se levanta a la vez que sonríe a Celia, cierra los ojos y su sonrisa cada vez se hace mayor mientras piensa: “¡Qué suerte! Me gusta esta matrona, qué suerte he tenido”.

Según pasa la contracción, Loli abre los ojos y pregunta —¿hasta qué hora estás aquí?

—Hasta mucho después de que nazca tu bebé— sonríe Celia.

—¿Voy a parir contigo?

—Sí, vamos a hacer todo lo posible para que lo hagas. ¿Estás sola?

—Mi marido ha bajado a desayunar algo.

—¿Va a haber alguien más en tu parto?

—No, solo puede haber una persona ¿no?

—Como te he dicho, eliges tú, si hay alguien más que te gustaría que estuviera aquí y todo va bien, yo no tengo ningún inconveniente en que estén. Siempre que no llamemos mucho la atención, nos dejarán tranquilas.

—Muchas gracias, Celia, estoy muy contenta de que seas mi matrona. He oído tantas historias de este hospital que tenía miedo de que me tocase una de “las malas”. Me alegro mucho de que estés conmigo.

—Yo también me alegro de poder ayudarte. Para nosotras es una gozada cuidar a alguien que quiere parir y que sabe de qué va esto— dice Celia mientras le guiña un ojo. Al poco tiempo Celia le dice—Mira, Loli, como tu bebé está perfectamente, te voy a quitar estos cables y le escuchamos a cada ratito, así tú te puedes mover libremente. ¿Tienes música?

—Sí. Trajimos algo. Está en la bolsa del bebé, pero deja, cuando venga Raúl ya la busca él.

—Bueno, pues voy a apagar la luz, que un ambiente íntimo te va a venir muy bien para relajarte y dilatar.

—¿Cuándo me vas a mirar?

—Cuando tú me lo pidas.

—Pero me dijo la chica de la entrada que en paritorio me mirarían cada dos horas.

—No es necesario, pero si tú quieres cada dos horas, yo te miro. Ya vemos ¿vale? Se puede saber cómo progresa el parto sin necesidad de hacer tactos. Si veo que algo no me cuadra, entonces te digo, ¿te parece?

—Me parece que me ha tocado la lotería contigo. ¡Qué suerte he tenido! Gracias.

—De nada, Loli. Y el otro o la otra protagonista de esta historia, ¿sabemos algo de él/ella?

—Sí, que es un bebé muy querido y que su padre y yo tenemos muchas ganas de conocerle ya.

—¿No sabéis lo que es?

—No, no hemos querido saberlo, queríamos guardar la sorpresa hasta el final.

En ese momento entra Raúl en el paritorio y estirando la mano, saluda a Celia.

—Hola Raúl, yo soy Celia, la matrona que os va a ayudar con el nacimiento de vuestro hijo, o hija — dice mientras estrecha la mano de Raúl.

—Hola, encantado.

—Raúl, cariño, es encantadora, hemos tenido mucha suerte. ¡Es una de las nuestras! —dice Loli a su marido.

—Bueno, somos un equipo — replica Celia.

—Sí, pero es tan angustioso escuchar los partos de amigas, cuñadas… que veníamos preparados para lo peor y hemos tenido mucha suerte…

—Bueno, como te dije, para mí también es muy gratificante acompañar a gente como vosotros durante el parto. ¿Tenéis pensado cómo queréis saber el sexo? ¿Queréis descubrirlo vosotros mismos u os lo digo yo?

—Pues no lo hemos pensado, yo creo que nos da igual.

—Bueno, ya vemos cuando llegue el momento.

—Raúl, porfa, busca la música y dásela a Celia para escuchar.

Voy corriendo al baño, he notado algo. Seguro que ya es esto, vas a ver como ya me ha venido.

Echo el cerrojo, y repito el ritual de todas las veces, desde que me empecé a preocupar: cierro los ojos, me siento en el váter mientras hago pis y voy abriendo los ojos despacito poquito a poco y… No puede ser: limpias limpísimas, ni siquiera un poco de flujo. No puede ser, pero si yo noté algo que salía hace un minuto, y hasta me dolía un poco la tripa.

“Dios, por favor, ayúdame. Sé que me he portado mal y que tenía que haber ido al hospital cuando a Javi se le salió el condón, pero no me castigues así. Ya lo he aprendido, te prometo que no volverá a pasar, pero ya está, me ha quedado bien claro, no me hagas sufrir más. ¿Por qué no tengo la regla? Mándamela ya por favor, que necesito tenerla, necesito quedarme tranquila. Cinco días; no puede ser. Seguro que es por algo, se me ha retrasado por lo que sea y como no me tranquilice no me va a bajar nunca. Que a mí no me puede pasar esto, que solo ha sido una vez, que a todo el mundo le pasa algo con un condón y que no puedo estar embarazada, simplemente no puede ser. A mí no me puede pasar esto, tranqui Elena” —que   no   puede   ser —dice separando cada palabra mientras se golpea fuertemente en el bajo vientre con cada palabra. —Baja ya, puta regla, baja.

Tras salir de la ducha, Elena se mira desnuda en el espejo. Se coge los pechos con las manos y se los aprieta. No le duelen, están tersos como cuando le va a venir la regla, pero no le duelen como entonces. Y los pezones, están como más grandes. De repente rompe a llorar y sabe que sí, que tiene que saberlo, tiene que comprarse un test de embarazo y salir de dudas porque así no puede seguir. —Estoy embarazada  ¡joder, joder, JODER, mierda! “Joder, Javier, ¿cómo es posible que no te des cuenta de que se te ha salido el condón? ¡Coño! que tenías que saberlo. ¿No era tanta mierda ponérselo? Que si no se sentía igual, que perdía mucha sensibilidad…pues entonces, es como para darse cuenta. Cabrón como lo hayas hecho aposta te mato, te juro que te mato” piensa Elena.

Elena manda un mensaje a Paula, su amiga, y se dirige hacia su casa a buscarla.

—Estoy preocupada. Puede que esté embarazada —le dice a su amiga.

—Que no, Elena tranqui, no te preocupes.

—No sé, que a mí no se me retrasa nunca. Bueno, se me retrasa siempre pero nunca tanto.

—¿Te has hecho el test?

—Qué va, me da tanto miedo que salga que sí…

—Anda boba, háztelo y toda esta angustia terminará, y así te quedas tranquila.

—¿Y si sale que sí que lo estoy? —pregunta aterrada.

—Bueno, pues si sale que lo estás, que vas a ver como no lo vas a estar, mejor será saberlo cuanto antes, ¿no? Mira, es más, vamos ahora mismo a comprar un cacharrito de esos y santas pascuas.

—Pero vas tú, ¿vale? Tengo tanto miedo de que me conozca alguien y se lo diga a mi madre…

—No te preocupes que entro yo a buscarlo, pero de todos modos vamos a una de las afueras para que así sea más difícil que te conozcan.

—Gracias Paula, menos mal que estás tú aquí.

—No te preocupes, vas a ver como es solo un susto. ¿Se lo has dicho a Javi?

—No, no quiero preocuparle hasta que sea seguro que lo estoy.

—Joder, tía, pues con el mal rato que estás pasando, también debería pasárselo él —le reprocha su amiga.

—Pues sí, y además fue por su culpa, pero no quiero ¿vale? No te lo habría dicho ni a ti si no fuera porque necesitaba ayuda.

—Pero sabes que a mí me puedes contar cualquier cosa, que soy tu mejor amiga, Ele.

—Sí, sí, no es eso. Es sólo que el hecho de decírselo a alguien lo hace más real. Te parecerá una tontería pero es como que si no lo cuento no existe, está sólo en mi cabeza, y al decirlo ya cabe la posibilidad de que sea verdad. Es una tontería, ya lo sé —dice desviando la mirada al suelo.

—Venga tranqui, vámonos a buscarlo. ¿Tienes pelas? —pregunta Paula a su amiga.

—Sí, bueno, ¿Cuánto cuesta uno de esos?

—No tengo ni idea ¿cuánto tienes?

—20€.

—Yo tengo 12, digo yo que con esto nos llegará.

 

Al poco rato Paula vuelve con la prueba de embarazo guardada en el bolso. —Ya está, vamos a un bar y te lo haces —le dice a su amiga cogiéndola del brazo.

—¿Qué dices? ¡Qué va! Necesito hacerlo cuando esté preparada y aún no lo estoy. Me ha costado mucho llegar al punto de comprar el test como para hacérmelo ya.

—¿Y si te lo pillan en casa?

—Ya me encargo yo de guardarlo bien.

—Bueno, pues ya me dices, si necesitas algo, lo que sea, me llamas y me acerco a tu casa, ¿vale?

—Vale Pau —dice Elena mientras le da un abrazo —muchas gracias, tía, me alegro mucho de habértelo contado, eres un cielo. Gracias por ser mi mejor amiga.

—Te quiero mucho, y quiero que sepas que siempre estaré a tu lado ¿vale?

—Muchas gracias —dice y rompe a llorar.

—Venga Ele, tranqui, vas a ver como no es, y si es, ya le encontraremos solución —intenta consolarla Paula.

—Es que mis padres me matan, te juro que me matan. Si lo estoy, me muero antes que decírselo.

—Tranqui, venga. ¡Qué te vas a morir! Ya lo solucionaremos —dice Paula mientras abraza fuerte a su amiga.

—Gracias tía, muchas gracias —dice Elena mientras se va tranquilizando fundida en el abrazo con su amiga.

 

Tras dejar a Paula en su casa, Elena vuelve a la suya pensando: “Esto es una putada porque si no estoy, lo estoy pasando fatal por una mierda de retraso que vete tú a saber por qué lo estoy teniendo, que puede ser por cualquier cosa. Y si lo estoy… No, no puede ser, no lo estoy, esto no me puede pasar a mí, que no puedo estarlo. No puedo tener tan mala suerte, que solo ha sido una vez, que no puede coincidir todo en una única vez en la que se sale el condón. Mira a la Pérez y a Paloma, que se han acostado con medio insti y no les ha pasado nunca nada. No, esto no me puede pasar a mí. Mira, Dios, simplemente hay mucha más gente en el mundo que se lo merece más que yo. ¿Y todas esas parejas que están desesperadas por tener un bebé? Mándales el mío a ellas, así todo el mundo sale contento de esto. No quiero pasar por un aborto, Dios, te prometo que voy a tener mucho más cuidado a partir de ahora. Ya lo he aprendido, ya he sacado la lección de todo esto llevándome este sustazo y este disgusto, pero yo creo que ya vale ¿no? Mándamela ya porfa, no puedo más con esto…”.

Hospital Materno Infantil. Consultas externas.
—Soledad Prieto Monzón —llama la enfermera.
—Sí, nosotras —dice Sol mientras las dos se levanta de las sillas de
la sala de espera.Ambas pasan a la consulta, donde está el doctor López escribiendo algo.
—Siéntense, por favor —les dice la enfermera, mientras les señala las
dos sillas vacantes.
—Muy bien —dice Don Jesús; termina de escribir y le entrega los
papeles a Herminia, la enfermera
—. ¿Quién es la paciente?
—Yo —dice Sol.
—Usted dirá.
—Pues que estoy embarazada y venía a revisión.
—Muy bien. Fecha de la última regla.
—El cinco de septiembre.
—¿Tiene ciclos regulares?
—Sí, de 28 días.
—¿Cuánto suelen durar?
—Seis días, más o menos.
—¿Está usted sana? ¿Alguna enfermedad o condición en usted misma o en
su familia?
—No.
—Diabetes, hipertensión, problemas de corazón…
—No, nada.
—¿Y su pareja? ¿También sana?
—Sí —titubea Sol, mientras mira a Sonia.
—Sí. El padre también está sano —contesta Sonia.
El doctor López mira a Sol por encima de sus minúsculas gafas y le pregunta:
—¿Tienes que preguntarle a ella si no hay enfermedades en la familia
de tu marido? ¿Quién es? ¿Tu cuñada?
—No —contesta incómoda, esbozando una sonrisa.El doctor López deja pasar unos segundos, esperando una respuesta que
no llega.—¿Y bien?—Que no, que el padre también está sano —repite Sol.—¿Y su familia?—También, todos sanos, sanísimos.—¡Qué suerte va a tener este bebé! —dice el médico socarronamente— Ni
una diabetes, ni una enfermedad cardíaca, ninguna depresión… en
ninguna de sus dos familias. Todos los padres y abuelos vivos y el
resto se murieron de viejos…—Bueno, mi abuela murió de cáncer —contesta Sol.—Claro, y el cáncer como todos sabemos, es un indicativo de salud y no
de enfermedad.—Entonces, ¿qué necesita saber? —le pregunta Sonia, evidentemente molesta.—Pues este tipo de cosas, que pregunto por las enfermedades
familiares, me dicen que ninguna y cuando hurgo un poco, resulta que
hay cáncer en la familia. Eso necesito saberlo: de qué han muerto sus
predecesores.—Pero, ¿eso qué tiene que ver para el embarazo, digo yo? —contesta
Sonia nuevamente.—Pues escúcheme, señorita; esto es lo que se llama hacer la anamnesis
clínica y necesito recoger todos estos datos.—¿Para qué? —pregunta, irritada, Sonia— ¿Qué diferencia va a hacer
usted en el seguimiento de este embarazo si la madre de mi suegra
murió de cáncer o sigue viva?—Estamos hablando de su amiga, aquí —dice el doctor López señalando a
Sol—. No de usted.—Esta no es mi amiga. Es mi mujer. Y usted la está tratando como si
fuese una niña chica que no se sabe las respuestas de su examen, así
que por favor; sigamos con la revisión y procure tratarnos como a
iguales y no inferiores, que no lo somos.—Entonces, ¿quién es el padre de este niño?—Este niño no tiene padre. Tiene dos madres. Cuatro tetas. Mira tú qué suerte.

—Pero un padre tendrá que tener, digo yo, porque que yo sepa el
espermatozoide no lo ha puesto usted, si no me equivoco.

—Pues claro que no. Pero llamemos a las cosas por su nombre y hablemos
del “donante”, ¿o es que a los donantes de semen se les llama también
padres?

—Pues es de la salud del donante de la que tenemos que hablar entonces
—dice el médico, incómodo.

—Y de ese mismo hablábamos.

—Claro, por eso usted tenía dudas sobre la salud del padre —dice
mirando a Sol—, porque no lo conoce.

—Justamente —vuelve a contestar Sonia.

Sol mira a Sonia, contrariada.

—¿Todo bien? —pregunta el médico a Sol.

—Sí, sí. Todo bien.

—Bueno, pues pase usted al potro, que vamos a hacerle la ecografía.

Tras seguir las instrucciones de la enfermera, Sol está colocada en

el potro obstétrico y Sonia le da la mano.

El médico le introduce la sonda en la vagina y mira a la pantalla en
silencio durante un par de minutos. Al poco rato, gira la pantalla
hacia la pareja:

—Este es el bebé y… este, también —dice mientras corre el dedo por la imagen.

—¿Qué? —dice Sol— ¿Son dos?

—Sí. Va a tener dos hijos.

—¡Ay, madre mía! —dice Sonia, dándole un beso a Sol.

—Les va a venir muy bien lo que habéis dicho antes de las cuatro tetas
—interviene Herminia,  con una sonrisa cómplice.

—¿En serio? —pregunta asombrada Sonia— Pero si yo no tengo leche.

—Es más difícil, pero tú también puedes producir leche y amamantarlos…

—Bueno, Herminia, ¡qué cosas dices! —la interrumpe el doctor López—
Con las leches tan buenas que hay ahora, y vamos a estar
complicándoles la vida con hormonas para darle el pecho.

—Pero si no tendría que hormonarse…

—Bueno, ya está —ataja el doctor—. Esa es tu opinión. Que una madre
quiera dar el pecho a su hijo me parece lógico; pero que una se
obceque en darle el pecho a un niño sin tener leche, ya es para
mirárselo. Bueno. Al tema. Está de once semanas y dos días —dice
mientras vuelve a colocar la sonda en su soporte—; vístase —y
desaparece tras la cortina de la consulta.

Sol y Sonia se dan un abrazo felices y Sonia le pregunta a Herminia:

—Sobre lo que has dicho de darles yo el pecho…

—Inducción a la lactancia. Relactación. Búscalo en internet —y se
lleva un dedo a los labios para que guarde silencio, mientras hace un
gesto con la cabeza, refiriéndose a que el médico está al otro lado de
la cortina.

—Gracias —le susurra Sonia.

—Bueno, tienes que hacerte estos análisis y pides cita abajo. Una,
para los análisis y otra para volver aquí, una vez que estén los
resultados.

—Gracias —dice Sol, cogiendo los papeles que le da el médico.

Una vez la puerta se cierra, el doctor López le dice a Herminia:

—Serán guarras.

—¿Cómo? —pregunta ella, perpleja.

—Las lesbianas, que son unas guarras, todas. Y tú, encima, diciendo
que les dé la teta la que hace de padre, que solo pensarlo me muero
del asco…

—Pero, ¿qué dice? Si una madre adoptase un bebé, ¿también le daría asco?

—Sí, no, no sé, no es lo mismo.

—Sí es lo mismo. Una madre que no ha gestado a su hijo y que quiere
darle el pecho.

—¡No me jodas, Herminia! Que una madre adoptiva es una mujer normal
pero esta es una lesbiana, que quiere ser un hombre y dar la teta.
Llama a la siguiente —dice mientras hace un gesto con la cabeza
señalando la puerta—. No lo entiendo, la verdad.

“Sí, eso está claro. No entiende absolutamente nada”, piensa Herminia
saliendo de la consulta.

… Como Carmen está dormida en el sofá, Luis aprovecha para salir a fumar al balcón. Con lo difícil que le fue reducir el tabaco cuando estaba embarazada de Lara, imagina que ahora le costará igual, o incluso más. Debería intentar dejarlo por completo, que el tabaco es muy malo para el bebé, pero solo mencionándolo, se pone mala. Luis no sabe qué hacer, ni cómo plantear la situación. Quizás si lo intentasen dejar los dos juntos le sería más fácil. “Además, como yo no quiero dejarlo, puedo fumar cuando esté fuera de casa, que al fin y al cabo la embarazada es ella; y si no lo nota, no lo echará tanto de menos”.

Apura el cigarrillo y entra en casa. En ese momento, Carmen le pregunta, somnolienta:

—¿Qué haces?

—Nada; duerme un poco, que estás cansada. Aprovecha que tienes sueño para descansar lo que puedas.

—Estabas fumando —dice acomodándose en el sofá.

—Sí, pero me he ido fuera para no molestarte. Anda, no lo pienses; duérmete un rato y así no piensas en ello.

—Pues claro que pienso en ello —afirma mientras se incorpora y se despierta por completo—. Pienso en ello a cada momento y es que no puedo no pensar en ello. A cada momento pienso que me quiero echar un cigarro y en cuanto me doy cuenta de que no puedo y se me olvida durante dos minutos, enseguida me vuelven a entrar ganas y es horrible. No puedo dejarlo, cariño, no voy a ser capaz porque, simplemente, no puedo.

—Pero si lo estás haciendo muy bien.

—¿Qué? ¿Qué estoy haciendo bien? ¿Estar imposible cada dos por tres? ¿Pensar únicamente en que no puedo fumar cuando es lo único que quiero? No, Luis, eso no es hacerlo bien.

—Pero intenta no fumar hasta que no puedas más y entonces, te fumas dos caladas para quitar el mono y ya lo apagas.

—Pero es que esa no es solución. Dame un cigarro —dice poniéndose el abrigo.

—Pero, Carmen…

—Nada de peros, tú te acabas de fumar uno y estás tan a gusto porque no tienes la presión de que no puedes fumar y es muy fácil hablar por otros. Dame un cigarrillo.

—Pero si yo solo te quiero decir que intentes…

—Que intente nada. ¿Qué me vas a decir que yo no sepa? Dame un cigarro, Luis —dice, impaciente, con la mano abierta frente a su marido.

—Que podemos intentar buscar la solución de una forma más fácil —insiste Luis.

—Luis, o me das un cigarro ahora mismo, o bajo al quiosco y no subo hasta que me haya fumado el paquete entero.

—Pero, ¡qué tonterías dices! ¿Qué es esto? ¿El chiste de “como me he enfadado contigo me voy a la cama sin cenar”? Carmen, por favor, respira hondo y relájate un momento.

Carmen continúa con la mano extendida y Luis sabe que ya no hay quien la convenza.

—Nos lo fumamos a medias —claudica, resignado.

—Pero lo enciendo yo —insiste Carmen, saliendo ya al balcón.

Luis sale al balcón y le entrega el paquete de tabaco y el encendedor a su mujer.

Carmen se enciende el cigarro y le da una calada enorme.

—Aaahhhhhhh —dice, mientras exhala el humo—… ¡Qué ganas! —Da otra calada larga y Luis le pone los dedos delante, haciendo ademán de coger el cigarro.

Carmen le aparta la mano. —Espera— dice mientras se lleva el cigarro de nuevo a la boca y le da dos caladas largas.

—Bueno, “doña Ansias”, que te lo vas a fumar en cuatro caladas. Que era a medias.

Carmen le da el cigarro a Luis mientras le reprocha que él se acaba de fumar uno hace cinco minutos.

—Ya, pero tenemos que intentar que tú fumes lo menos posible.

—¿Y por qué no fumas tú lo menos posible? —contesta, intentando arrebatarle la colilla de entre los dedos.

—Pero, Carmen, cariño, hay algo que eres incapaz de ver y es el hecho de que tú estás embarazada y tienes que fumar lo menos posible y punto. Deja de compararte conmigo y de reprocharme si yo fumo más o menos. Los dos estamos enganchados a esto y a los dos nos cuesta mucho dejar de fumar, pero está claro que tenemos que hacer algo por este bebé y no me sirve que uses el “como tú fumas, entonces yo fumo” como excusa.

Carmen apaga el filtro del cigarro en un tiesto y se mete dentro de casa:

—Bueno, ya hablaremos, no me chafes el cigarro que para uno que me he fumado encima me lo quieres estropear.

Luis se queda en el balcón, pensando qué puede hacer para que Carmen fume menos y mientras piensa, abre la cajetilla y se enciende otro.

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